"Pero tú lo estás viendo [las acciones del malvado]:
Tú consideras los trabajos y el dolor, para tomarlos en tus propias manos.
El débil se encomienda a ti; tú eres el protector del huérfano".

En toda agresión, Dios se pone por delante para compartir la afrenta e incluso para reparala: mirar el sacrificio de la Cruz es asistir en primera persona a esta divina comedia. Por eso, el débil tiene derecho a encomendarse a su Señor. La misericordia de Dios se erige como protectora del desvalido, del huérfano.
Cuando sientas que las circunstancias de la vida, o las personas que las provocan, te agreden, no quieras fijarte en ellas sino confíate a Dios y da el siguiente paso, siempre adelante.
¡Eres hijo de Dios, no eres huérfano!
Vero.
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